Polinotas


Irán y Mousavi by torregroza
julio 15, 2009, 9:06 pm
Filed under: En la actualidad

Por Enver J. Torregroza L.

Los acontecimientos del último mes en Irán tuvieron asombrados a muchos observadores externos hasta que todo el mundo se olvidó rápidamente del asunto gracias a la crisis hondureña y a la intempestiva muerte del rey del pop. Pero cuando todavía estaba vivo en los medios el tema de Irán, algunos afirmaron que desde 1979, año de la revolución islámica, no se había visto una agitación popular semejante en las calles de Teherán. Pero semejante comparación no deja de ser tendenciosa o al menos provocadora, puesto que sugiere, consciente o inconcientemente, que Irán está hoy ad portas de una “revolución” política, lo que es completamente falso. Muchos extranjeros, y algunos iraníes incluso, abrigan en su corazón el deseo de que el régimen islámico fundado por el Ayatolá Jomeini se quiebre y quizás por eso interpretan las multitudinarias marchas como un síntoma de tiempos de cambio. Una transformación que sería necesaria en virtud de la supuesta rigidez de la política exterior iraní, de sus peligrosos compromisos con grupos extremistas islámicos de otros países, y de la ausencia de suficientes y satisfactorias libertades para aquellos acostumbrados al modus vivendi de naciones occidentales no islámicas. Sumado a esta imagen negativa, Irán ha aparecido durante los últimos meses en los medios de amplia divulgación como un único bloque unificado representado por el discurso de su actual presidente Mahmoud Ahmadinejad, quien no genera muchas simpatías fuera de su país, con excepción de ciertos amigos latinoamericanos que parecen empeorar su imagen en vez de mejorarla. La imagen de Irán que se ha ido construyendo en los medios recuerda en algunos aspectos la que tenía al final de la Guerra Fría en los años 80: un país supuestamente aislado de las grandes tendencias mundiales que representaría una seria amenaza de inestabilidad debido a su posición geoestratégica y a su particular y poco comprendido régimen político, lo que ahora se suma al desarrollo de un programa de energía nuclear que no cae muy bien en una región conflictiva.

Antes de las elecciones presidenciales, los medios internacionales se limitaron a mencionar muy brevemente la posibilidad de que un candidato reformista llegara a la presidencia dándose con ello, en ese hipotético caso, un giro interesante en las relaciones de la nación persa con “el resto del mundo”. En contraste, ha sido desbordado el despliegue noticioso otorgado a las manifestaciones callejeras de protesta de la última semana, generadas en principio por la forma como fueron publicados los resultados de las elecciones, pero también por la rabia y el cansancio que produjo la reelección de Ahmadinejad entre los seguidores del principal candidato opositor Mir Hossein Mousavi. Por ello, las expectativas actuales sobre lo que está ocurriendo al interior de Irán no dejan de ser exageradas, teniendo en cuenta que son también el producto de la forma como la información de transmite y divulga. Las especulaciones sobre una posible transformación profunda del régimen iraní producto de las protestas de una parte de la población que no es la mayoría y de la desobediencia civil de Mousavi, uno de los líderes tradicionales de la revolución islámica y quien fue ministro durante la guerra contra Irak en los 80, obedece más a la perspectiva de quienes elaboran las noticias en las grandes agencias “internacionales”, que al verdadero peso político interno de los opositores al gobierno de turno. La división política al interior de Irán no es producto de los acontecimientos recientes y tiene su origen en la división social que caracteriza al país desde antes de la revolución islámica: un país urbano pro-occidental que asume su condición aria, unido gracias al Islam chií, al ejército y al petróleo, a un país más pobre, fronterizo o rural y multiétnico.

No cabe duda de que estar en el poder siendo candidato ofrece ventajas en cualquier proceso electoral y que Ahmadinejad, como todos sus similares a nivel mundial, lo aprovechó al máximo, poniendo a la oposición en una situación incómoda, sobre todo cuando en el régimen iraní los medios de comunicación y los espacios culturales tienen un control constante y directo por parte de los líderes del sistema. Pero no hay que confundir el agua con el aceite. De la misma forma que sus principales apoyos políticos en estas elecciones, los expresidentes Mohamed Jatamí y Alí Rafsanjani, Mousavi ha pertenecido siempre al establecimiento iraní, pudiendo ejercer una campaña decente en el característico ambiente de abierta polémica de la política iraní, en la que muchas cosas se discuten, con excepción obviamente del Islam. Además, Ahmadinejad gobierna pero no reina en Irán: no hay que olvidar que los asuntos de seguridad nacionales y política exterior están en manos del Gran Líder, el Ayatolá Ali Jameini, por lo que ni la elección de Mousavi ni la de cualquier otro habría representado un giro radical en temas que son muy sensibles internacionalmente, en particular para EEUU e Israel, como el programa de energía nuclear iraní. Ni Mousavi, ni sus socios políticos, ni sus seguidores han pretendido ni pretenden abandonar aquello que alienta y da sentido a su nación: el Islam. La conquista de la revolución islámica fue justamente el haber logrado, de forma sui generis y difícilmente comprensible para muchos periodistas extranjeros, una exitosa síntesis entre el Islam y las formas de gobierno y administración modernas, que respeta más la división de poderes que muchas democracias tropicales. Por ello resulta descarada la simpatía por las manifestaciones de protesta que abiertamente han manifestado los periodistas de la BBC o de Al-Arabiya (agencia noticiosa de Dubai), y otros canales muy vistos y leídos por Internet entre la población iraní de las grandes ciudades; una simpatía que Mousavi ha sabido capitalizar muy bien en provecho propio. Lo que hace pensar que la reacción del gobierno Iraní ante la prensa extranjera y ante el gobierno Británico, si bien sobredimensionada —y en buena parte producto de la necesidad puramente argumentativa de todo discurso político de echarle la culpa a alguien—, tiene sus motivaciones reales y más que justificadas.

Mousavi no es una simple víctima de los acontecimientos. Su anuncio de estar dispuesto al martirio por defender la causa de la oposición —en la que se mezclan más y más “agravios” y necesidades reprimidas a medida que pasan las horas— es claramente la culminación de una estrategia política muy bien calculada. Sin duda le está apostando a un pulso de poder al interior mismo del régimen iraní, apoyándose en la animadversión que despierta en muchos escenarios internacionales el discurso a menudo atrevido del actual presidente Ahmadinejad. Mousavi también se ha apoyado en los efectos desagradables de la crisis económica, en el aumento de la inflación y el desempleo para criticar al actual gobierno, pero sobre todo ha conseguido simpatizantes en aquel grupo de población iraní que cree que Ahmadinejad ha dejado muy mal parado a Irán a nivel mundial: un comprensible sentimiento de vergüenza que no sólo nace de las preocupaciones políticas de los ciudadanos bien —o mal— informados, sino también de su buen gusto. Como sus homólogos caribeños, Ahmadinejad discurre en ocasiones de manera chabacana gestando desaires inoportunos que fácilmente desatan reacciones paranoicas, exacerbando los ánimos en un entorno geopolítico harto conflictivo. No sólo a la comunidad internacional le interesa un Irán activo en la reconstrucción de Irak y Afganistán, que cumpla un papel de buen líder y no de agitador en el Medio Oriente, con un presidente que tenga un discurso más amable con Israel que le facilite la vida a los palestinos, que descargue de presión el conflicto libanés y que le permita a Turquía avanzar con el tema kurdo. También a muchos iraníes les interesa y están en todo su derecho de desear un presidente menos problemático, con un discurso menos incendiario o provocador, sobre todo cuando la era de Bush y su absurdo discurso del “eje del mal” se ha suavizado. Pero no cabe duda de que Mousavi, ese “reformista” de amplia aceptación en la clase media de los grandes centros urbanos y en los círculos intelectuales, pero de débil reconocimiento en las clases populares y en las zonas rurales, está jugando al apoyo, la simpatía y la presión internacional para obtener logros políticos a nivel interno. Su jugada política ha funcionado tan bien que hace tres semanas mucha gente no tenía ni la menor idea de que él existía y ahora, gracias a las amarillistas imágenes de la trágica y lamentable muerte de una joven en medio de las protestas, se está convirtiendo en una figura política de reconocimiento mundial.

El Estado de Irán tiene derecho a pedir que no interfieran en su política interna, pero también debe reconocer que en un mundo moral y tecnológicamente globalizado —en el que el control estatal de los medios es imposible y en el que los compromisos con la moral de otras naciones son ineludibles—, la jugada de Mousavi tiene aún más probabilidades de ganar a mediano y largo plazo. A Ahmadinejad le espera un gobierno inestable y difícil que no va a facilitar el diálogo con Occidente. Hay que esperar que las potencias occidentales no insistan en cuestionar el régimen islámico, presionado una transformación muy radical que no necesariamente el país está buscando. Estarían jugando con fuego y generando un escenario peor que el actual. Algo en lo que son expertas.


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