Polinotas


Leche agria by torrijos
agosto 5, 2008, 9:07 am
Filed under: Relaciones Internacionales

Leche agria

VICENTE TORRIJOS R.

En pocas horas cayeron 30 milicianos de Al Qaeda en Irak, la policía española desmanteló un plataforma electrónica de entrenamiento para terroristas, y en Afganistán cayó el número uno en explosivos de la red, el egipcio Abu Khabab al Masri (“padre del caballo trotador”).

Semejante ejemplar de la fauna terrorista era el principal diseñador de la guerra asimétrica, el inspirador de los islamikases (los integristas suicidas) y el creador de atentados paradigmáticos, como el que se perpetró contra el buque de guerra norteamericano USS Cole, poco antes del 11 de septiembre.

Para que la analogía con el caso colombiano se haga más evidente, los EE UU ofrecían por él una recompensa de 5 millones de dólares, y estaba siendo buscado afanosamente por cielo, mar y tierra.

Como director del reconocido programa de armas de destrucción masiva de Al Qaeda (conocido como Al Zabadi, o “Leche Agria”), Al Masri instruyó a toda una generación de artificieros (pirotécnicos) que no han descansado en su tarea de sembrar el terror a lo largo y ancho del globo.

En otras palabras, Al Masri era el gran orientador y ejecutor de ese tipo de guerra en la que fuerzas irregulares se valen de su versatilidad para identificar el talón de Aquiles de los ejércitos convencionales y así propinarles golpes demoledores que a pesar de lo puntuales pueden tener devastadores efectos estratégicos.

Pero la red mundial de informantes funcionó.  Las recompensas funcionaron..  Los mecanismos satelitales funcionaron.  El operativo planeado para localizarlo funcionó a la perfección y hoy ya no es una amenaza para el planeta Tierra.

En cambio, no funcionaron los mecanismos persuasivos para que negociara oportunamente, para que se entregara, para que no arrastrara a los suyos y a sus adversarios imaginarios o manifiestos a mayor frustración y sufrimiento.

Al Masri, “héroe y mártir” del yihadismo, prefirió dejarse dominar por el gen criminal que le animaba, antes que caer en la sensatez y el aplomo político (al que otros denominan ‘entreguismo revolucionario’).  Tenía 55 años y gozaba del afecto, el respeto y la admiración de (casi) todos sus milicianos.   +++


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