Polinotas


Ahmadineyad en su casa de reposo

Ahmadineyad en su casa de reposo

VICENTE TORRIJOS R.

En buena hora el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, resolvió quedarse en casa y no emprender la visita que tenía programada a América Latina.

Primero, porque aquí casi nadie lo quiere.  Aparte de sus aliados genéticos, los presidentes Chávez, Correa y Morales, los demás países sienten que un intruso arrogante y pendenciero quiere tomarse a cualquier precio un café por estas tierras.

Y segundo, porque él se ha convertido en un foco de perturbación regional.  A pesar de lo lejos que vive, se las ha arreglado para propagar su antisemitismo en Venezuela convirtiendo a Hugo Chávez en el emblema regional del odio hacia el Estado de Israel.

Negando el Holocausto durante la reciente conferencia mundial contra el racismo, Ahmadineyad provocó, como era apenas de esperarse, la más airada protesta de los gobiernos democráticos y reconfirmó una vez más por qué es el combustible de la guerra en Medio Oriente.

Protesta que, por supuesto, no fue secundada por Chávez y sus adeptos, quienes, por el contrario, se han dedicado a violentar sinagogas, fomentar el odio entre las religiones y promover, como bien sabe hacerlo Teherán, todo tipo de acciones contra el imperialismo norteamericano y los gobiernos amantes de la libertad.

En vez de aceptar los cálidos llamados del presidente Obama para que modifiquen su conducta, o las afectuosas invitaciones de la secretaria Clinton para que se integren al esquema de seguridad occidental, Chávez y Ahmadineyad siguen agitando la llama de la confrontación : el primero, sin decidirse de una vez por todas a perseguir a las Farc en la frontera, y el segundo sin abandonar su tenebroso programa nuclear –tal como se lo ha venido sugiriendo con firmeza el Grupo de Contacto 5+1, es decir, los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, más Alemania-.

O sea, que en el fondo lo que tenemos es una alianza, la de Caracas y Teherán, que se opone a la amistad cada vez más sólida entre Bogotá y Tel Aviv, y que se resiste por todos los medios a su alcance a luchar contra el terrorismo, refrenar los apetitos expansionistas y abstenerse de alentar el antisemitismo.+++



Ciencia ficción

Ciencia ficción

 VICENTE TORRIJOS R.

 Una exalumna, politóloga y periodista me escribe desde el Distrito Federal : “Profesor : Acabo de regresar del médico.  Tengo faringitis.  Ciertamente, me hace un poco más vulnerable, pero ya me medicaron y el otorrino ha dicho que en tres o cuatro días estaré bien, incluso más fortalecida que el promedio de la gente, porque me prescribió vitamina C.

De hecho, él me regaló dos cubrebocas porque … ya no se consiguen en ninguna parte !  También compré un termómetro para estar atenta a cualquier cambio brusco de temperatura.  Nadie se me acerca.  Ni mis amigos más cercanos confían en mí.  El sólo hecho de saber que tengo gripe me convierte en sospechosa, en portadora, en una amenaza social andante.
Ayer estaba preocupada porque mis síntomas encajan en el cuadro de  influenza porcina : fiebre moderada y dolor en las articulaciones de mis manos.  Ahora estoy más tranquila, pero me encuentro en vacaciones y son las más tristes y aburridas de mi vida, sobre todo, si se tiene en cuenta que el jueves ando de cumpleaños.
Sin embargo, ahora que conozco mi diagnóstico entiendo que tengo esta semana para recuperarme y regresar a la redacción la próxima semana, sana y descansada.  La verdad es que había estado trabajando mucho en las últimas semanas y eso seguramente debilitó mi sistema inmunológico.  Supongo que al país le sucede algo parecido.  Hasta me pongo a pensar en aquello de las siete plagas.
Yo, que vivo en una de las zonas más agitadas de la ciudad, con oficinas, restaurantes, hoteles, bares y cafés, no logro asimilar lo impresionante que es ver todo este sector semivacío.  

 

Hoy dieron la orden de que la comida sólo se puede vender para llevar y cada vez hay más gente enmascarada.  Las familias ya no se reúnen, taponan cada rendija en las ventanas,  no se besan, no se tocan, no se dan la mano.  Somos fantasmas en una ciudad fantasmal.

 

Tal vez, mi querido profesor, esta es una de las mejores muestras de lo que significa la globalización.  Unos amigos que viajaron a Europa me cuentan que al presentarse como mexicanos sienten un rechazo automático, involuntario, tal vez, pero drástico y doloroso.

 

Quiera Dios que la globalización misma, a la que tantos años de estudio le hemos dedicado, nos ofrezca también las herramientas para acabar con esta pesadilla en la que me siento como el más auténtico personaje de ciencia ficción”.   +++