Polinotas


Pretexto humanitario
Febrero 24, 2009, 3:53 pm
Archivado en: General

Pretexto humanitario VICENTE TORRIJOS R. Mucha gente anda muy, pero muy compungida últimamente por la masacre de los 7 (¿ ó 27 ?) indígenas Awá. Tal como sucedió con los diputados del Valle, esa gente habría preferido que las Farc no se hubieran visto obligadas a reconocer la autoría del crimen. En su imaginario político, lo deseable hubiese sido que la noticia cayera en el torrente informativo y desapareciera prontamente de la agenda pública. En ese sentido, les hubiera encantado que campeara la sospecha y que los colombianos y el mundo siguieran manejando hipótesis como aquella de que los Awá eran “informantes del Ejército”. Pero las cosas no resultaron de tal forma. En un acto del más depurado ímpetu, arrojo y coraje revolucionario, las Farc decidieron atribuirse el hecho para dejar claro que no son una agrupación de melindrosos. Que, por el contrario, se trata de una poderosa, osada y visionaria organización político-militar que sabe hacer uso selectivo de la fuerza con calculado sentido estratégico sobre la población díscola, indecisa o resistente. Sin embargo, ya digo que quienes andan tan compungidos con la masacre hubiesen preferido un escenario mediático distinto. En su lógica de acción- revolucionaria-no-armada, hubieran querido que el único enemigo de los indígenas en este país “siguiera siendo el presidente Uribe”. Con toda la razón, ellos tienden a pensar que esta (nueva) masacre de las Farc es un obstáculo para lograr, como tantas veces se ha logrado con el Eln, sendos acuerdos humanitarios que dulcifiquen el, así llamado, conflicto armado interno. Pero, a renglón seguido, se apresuran a sostener que no se trata de obstáculos insalvables sino de simples errores tácticos de la guerrilla, de fallas de apreciación política, de disfunciones revolucionarias que, ellos, preclaros exponentes del pensamiento bolivariano, se encargarán de corregir. Con esa fría y calculadora concepción de la violencia como instrumento político, agregan que, en todo caso, tales obstáculos, lejos de desanimar, deben alentar el diálogo entre las partes, insinuando que en cuestiones indígenas ellos son los verdaderos discípulos amados de Bartolomé de las Casas. Alegan, como si fuese un dogma, que los conflictos solo se resuelven a través del diálogo, ignorando, muy deliberadamente, que ese es también un instrumento de lucha astuta y rentablemente utilizado por más de un terrorista para avanzar cualitativamente hacia su revolución glorificada. En definitiva, hay mucha gente compungida con la masacre. ¿Pero acaso no es de masacre en masacre como las Farc se han ganado una silla en la mesa de “el diálogo”, y no es a través de ese diálogo como alcanzaron alguna vez el éxtasis político y territorial a nivel nacional e internacional ? +++



Los secuaces de Chauvín

Los secuaces de Chauvín

 

VICENTE TORRIJOS R.

 

Hace pocos meses, pero en todo caso ya bajo el gobierno de Rafael Correa, un viceministro ecuatoriano, encargado de los temas más sensibles de seguridad, andaba por ahí, reuniéndose alegremente con el camarada Raúl Reyes.

 

Dicho así de simple, cualquier parroquiano podría pensar que se trataba de dos viejos amigos que solían encontrarse aquí, allá, o acullá, para tomarse unos tragos y ponerse al tanto.

 

Pero si se mira con atención, se descubre que el escenario era y sigue siendo más complejo.

 

Primero, el viceministro afinaba con Raúl Reyes temas comunes que hacían parte de la agenda internacional (oculta, por supuesto) del Ecuador, y de la agenda exterior de las Farc.

 

Segundo, coordinaban políticas, de tal modo que, como siempre, el pretexto no era otro que ‘la cuestión humanitaria’, entendida como la plataforma a partir de la cual se tejen todo tipo de intereses de consolidación de la revolución bolivariana.

 

Tercero, asumían tareas y compromisos, de tal forma que una reunión era la antesala de la otra, y en cada ocasión se evaluaba el desarrollo de las agendas haciendo los ajustes pertinentes y trazando los cursos de acción correspondientes.

 

En otras palabras, los encuentros de Reyes y Chauvín eran la expresión de todo un entramado institucional coordinado donde se acoplaban armónicamente tanto los intereses de la organización armada ilegal como los del gobierno formalmente establecido en el Palacio de Carondelet.

 

Y para llegar a semejante refinamiento diplomático, no importaba el escenario geográfico.  Puesto que a la banda armada se le reconocía claramente un status político,  daba lo mismo si los delegados se encontraban en Sucumbíos, o en Putumayo, en Puerto Asís, o en la mismísima ciudad de Quito.

 

En resumen, ni Reyes, ni Chauvín actuaban por su propia cuenta y riesgo.  Tras ellos existía toda una corte de funcionarios, terroristas, burócratas y milicianos, o sea, los secuaces de Reyes y Chauvín.

 

El problema es que tales secuaces de entonces son los mismos que hoy están en el poder en Ecuador.  Porque Reyes está muerto.  Pero Chauvín y los otros no.   +++



Jara, senador !

Jara, senador !

 

VICENTE TORRIJOS R.

 

La alegría natural que todos sentimos, como colombianos, por el regreso a casa de Alan Jara, no nos impide, sino, al contrario, nos obliga a oponernos vehementemente a su visión retorcida del conflicto irregular que padece la patria.

 

A él podrá parecerle que las Farc están intactas, que al presidente Uribe le importan un bledo los secuestrados y que la Política de Seguridad es un fracaso, pero eso, lejos de debilitar, incrementó los aplausos recibidos por el Jefe del Estado en su propio vecindario de Villavicencio ; y lejos de llevarnos a aplaudir y a agradecerles a las Farc por su bondad liberadora, nos lleva a repudiar con mayor ahínco al terrorismo y a todos sus benefactores y asociados tanto a nivel interno como externo.

 

Dicho de otro modo, las ideas exhibidas por Jara al momento de recobrar la libertad, permiten detectar por lo menos tres fenómenos bien curiosos (que, tal vez, los especialistas del Hospital Militar ayudarán a comprender mejor) :

 

Primero, un cierto grado de síndrome de Estocolmo, pues se constata en el liberado no tanto el temor a la muerte a mano de sus captores como a las acciones de la Fuerza Pública que si alguna instrucción las animaba era, justamente, la de liberarlo del yugo opresor del victimario.

 

Segundo, una grave distorsión de la realidad por aislamiento y por ausencia, fenómeno que se presenta cuando el rehén (¿o no era un rehén ?) trata de interpretar los acontecimientos sometido al confinamiento y a la particular lectura que les dan los malhechores y que luego le transmiten a la víctima con toda la perfidia necesaria para que más tarde, al ser puesto en libertad, repudie al Establecimiento por no haber hecho lo suficiente a su favor.

 

Y tercero, un síntoma claro de querer aprovechar políticamente su secuestro.  Pero, a diferencia del ex canciller Araújo, que lo hizo desinteresadamente y en bien de los intereses nacionales, se percibe en Jara un tufillo antisistémico que bien podría abrirle el apetito al Polo Radical liderado por el ex presidente Samper, o al Polo Liberal, liderado por el ex presidente Gaviria.

 

En cualquier caso, queda cada vez más clara la diferencia entre los soldados liberados que denunciaron con toda entereza y valor patrio cómo la guerrilla les obligó a dar declaraciones amañadas a los periodistas madrugadores, y el libreto seguido voluntariamente por Jara para lanzarse de nuevo a la política presentando a las Farc como las únicas y auténticas garantes de la paz en Colombia.   +++

 



El daño lefebvrista
Febrero 5, 2009, 9:09 am
Archivado en: Ciencia Política y Gobierno, Relaciones Internacionales

El daño lefebvrista VICENTE TORRIJOS R. Es probable que los católicos sigamos creyendo en la infalibilidad papal, pero Richard Williamson está muy lejos de ser un buen ejemplo. Por el contrario, este obispo lefebvrista, ultraconservador, radical y anacrónico, ahora rehabilitado por Benedicto XVI, ha sido desde hace mucho tiempo fuente de desgracia pastoral y política para la Iglesia. En efecto, los incontables esfuerzos de Juan Pablo II por lograr el entendimiento reconciliador con los judíos se han ido ahora al traste por la decisión papal de levantarles la excomunión a Williamson y a tres de sus simpatizantes de la comunidad de San Pío, todos ellos reconocidos antisemitas. Disidentes y opositores al Concilio Vaticano II, estos obispos secundaron a monseñor Lefebvre en todas sus prácticas retardatarias que, más allá de lo simplemente ritual y litúrgico, llegaron al extremo imperdonable de negar el Holocausto judío. Así que en una medida apenas comprensible, el Rabinato de Israel ha decidido romper indefinidamente los vínculos con el Vaticano que, al parecer, ha preferido atraer a los rebeldes, antes que construir, con verdadero espíritu ecuménico, un futuro más próspero para la tradición judeo-cristiana. En otras palabras, no se entiende por qué Su Santidad ha preferido sacrificar el diálogo edificante que estaba sosteniendo el cardenal Walter Casper con el director general del Rabinato, Oded Weiner, para rendirle honores a un obispo que se jacta diciendo que no existieron las cámaras de gas, que no hay evidencia histórica de la matanza de seis millones de judíos a manos de Adolfo Hitler, y que el único propósito de ellos no ha sido otro que dominar al mundo. Semejantes razonamientos, lejos de dar paso a la unidad entre los católicos, deberían servir para mantener alejados a quienes de manera desvergonzada promueven el odio, la insensatez y la venganza. En síntesis, muchos están tratando ahora de reparar el daño alegando que el Santo Padre no sabía de las inclinaciones antisemitas de gente como Williamson. Pero aunque esto fuera cierto, ¿no habrìa sido preferible que Benedicto hubiese escuchado al propio superior general de San Pío, el obispo Bernard Fellay cuando pidió perdón públicamente por las “dramáticas consecuencias” que podría traer el comportamiento de Williamson, antes que perturbar de semejante manera la concordia que siempre debe identificar las relaciones entre católicos y judíos a lo largo y ancho del tiempo y el espacio ? +++