Adiós a Alexis
VICENTE TORRIJOS R.
Tal parece que un ataque cardíaco le quitó la vida a Alexis II, jefe de la iglesia ortodoxa rusa y verdadero poder detrás del trono.
A diferencia de lo que estuvo haciendo durante toda la vida, la muerte lo sorprendió en medio de un apacible descanso en su residencia de Peredelkino.
De hecho, a lo largo de la dictadura soviética, él tuvo que luchar contra viento y marea para proteger a su iglesia de la incesante persecución estatal.
Pero su más refinado papel fue el que desempeñó desde 1990, cuando pasó a ser el patriarca de los ortodoxos.
Consciente de que el totalitarismo estaba desmoronándose, y que la Europa Oriental se alejaría del centro ruso de poder, Alexis se dio a la tarea de recapturar los corazones y derrotar al ateísmo oficialista.
Inspirado por un impecable pragmatismo, él percibió con claridad que su iglesia necesitaba recobrar influencia política y que, al mismo tiempo, el régimen naciente requería urgentemente de la espiritualidad para estabilizar y proyectar a Rusia hacia el siglo XXI.
Si los soviets habían basado la cohesión social en el marxismo-leninismo, ahora la República Federal naciente estaba urgida de fe, de valores espirituales, de la confianza en que más allá de los Stalin, o los Breznev de turno, el poder se basaba en una bendición celestial.
Por eso, Alexis II dedicó todas energías a lograr la reunificación de su iglesia con los ortodoxos rusos en el extranjero para superar así el abismo que se había creado desde el momento en que los comunistas llegaron al poder, en 1917.
En otras palabras, él reunificaba a su iglesia, pero, lo más importante era que, en el fondo, estaba reunificando a la patria y preparándola para asumir, nuevamente, el desafío imperialista.
En definitiva, así como el zar Alejandro logró convertir a Rusia en la columna vertebral de la Santa Alianza contra las revoluciones democráticas hace doscientos años, Alexis entendió perfectamente que Rusia tiene ahora la obligación política, moral y militar de hacer presencia en el mundo … para honrar a Dios una vez más.
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Ni Halloween, ni San Valentín
VICENTE TORRIJOS R.
A Putin, Medvedev, Lavrov, o Mishchenko, no les gusta el Halloween, ni el día de San Valentín, ni otras festividades emblemáticas de la cultura occidental.
Por eso han logrado sembrar la idea de que todos estos símbolos atentan contra las buenas costumbres y que deben ser repudiados, abolidos y reemplazados por otros que se ajusten más a los sempiternos valores de la madre Rusia.
Conscientes de que el poder blando norteamericano ha estado contaminando aceleradamente a sus jóvenes y que, gradualmente, ellos estaban adoptando rituales impropios, los dirigentes del Kremlin, supremos guardianes del orden moral y espiritual, resolvieron cortar de un solo tajo semejantes desafueros.
Actitud nada extraña, por cierto, viniendo como viene de esa mentalidad estricta de la Plaza Roja que siempre ha operado en clave autoritaria, nacionalista y excluyente.
Misma mentalidad que ha llevado a la extremista agrupación palestina Hamás a prohibir en Gaza, donde tiene control absoluto, que su contraparte, la moderada Fatah, les envíe ramos de flores a sus enfermos en los hospitales.
O al presidente venezolano, Hugo Chávez, a prohibir, desde el año pasado, que en las oficinas públicas se exhiban adornos navideños en los que aparezca Santa Claus.
Así que, insuflados de patrioterismo, los políticos han despertado el entusiasmo de la Iglesia Ortodoxa Rusa (o a la inversa) y han lanzado una versión local de San Valentín, llamándola, tan pomposa como ambiciosamente, Día de la Familia, el Amor y la Fidelidad.
Envalentonados por las escaramuzas en Osetia, y felices de la vida por haber logrado que sus oxidados destructores llegaran a La Guaira, los cancerberos del Kremlin no se cansan de estimular el sentido de vida en familia que los lleve a superar el preocupante declive en la tasa de natalidad.
“Si el Estado no hubiese decidido intervenir”, dijo el oficialista Maxim Mishcenko, “los estudiantes habrían seguido copiando, como pequeños monos, todas esas costumbres que no hacen parte de la esencia de nuestra cultura”.
Y sin embargo, por alguna poderosa razón que Putin, Jaled Mechaal, o Hugo Chávez nunca entenderán, los muchachos seguirán disfrazándose, los enfermos seguirán recibiendo flores y la gente seguirá queriendo muchísimo a Papá Noel. +++
Lo que queremos de Rusia
VICENTE TORRIJOS R.
El presidente ruso, su canciller, varios aviones y un par de buques de guerra andan por estos días en Latinoamérica y el Caribe.
Pero al mismo tiempo, el presidente de China, o el primer ministro canadiense, entre otros, pasaron también por Perú, en el marco de la cumbre de la Apec.
O sea, que, paulatinamente, las grandes potencias van asumiendo su papel en la segunda posguerra fría (posterior al 11 de septiembre).
De tal manera, la Casa Blanca ya no tendrá que soportar todo el peso hegemónico para estabilizar las disfunciones políticas, económicas o militares en la periferia.
Otros contribuyentes cooperarán en la tarea influyendo en estos campos y generando así un verdadero equilibrio de poder global.
Poder compartido que traerá consigo estabilidad y mejor regulación de un sistema internacional en el que Washington seguirá siendo el fiel de la balanza.
Así que en vez de multiplicarse desmedidamente, corriendo el riesgo de fracasar de éxito expansionista, los Estados Unidos verán con gusto que Rusia, o China, o Alemania, tengan mayor presencia en regiones de las que se habían alejado durante mucho tiempo.
Ayudando a controlar los circuitos de poder regional, Moscú, por ejemplo, se encargará de morigerar el histrionismo injerencista de Hugo Chávez.
Solo, y sin hacer parte de una red responsable de seguridad a escala global, el presidente venezolano y sus secuaces del área podrían haber caído en cualquier momento en una aventura bélica contra las democracias vecinas.
De ahí que el papel de Rusia es de sensible importancia para balancear la región incrementando la responsabilidad y la regulación estratégica.
Porque si en sus delirios épicos Chávez, Ortega o Correa están imaginando que Putin pondrá en riesgo a Moscú para defender a Managua, es porque nada aprendieron de la crisis de los misiles en Cuba, o nunca estudiaron historia, poniéndose en riesgo de correr la misma suerte de los melianos con los lacedemones.
Dicho en forma más sencilla, lo que queremos es que Rusia asuma cabalmente su papel regulador como potencia importante, que siga vendiéndole a Chávez todas las armas que quiera comprar y que lo ponga en su sitio si alguna vez se le ocurriera enviarle armamento a las Farc, copar Coquibacoa, o alentar al sandinismo para que traspase el meridiano 82. +++