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¿Imperio? ¿Cuál imperio?
VICENTE TORRIJOS R.
Comunista, o no comunista, los rusos siempre querrán ser un imperio. Pero una cosa es pensar con el deseo y otra es convertir el deseo en realidad.
Cuando Vladimir Putin pronuncia a comienzos de año su discurso de Munich lo deja claro : Rusia reconstruirá el imperio perdido. Pero una cosa es decir, vociferar, y parlotear, y otra muy distinta es pasar de las palabras a los hechos.
Cuando Dimitri Medvedev ordena a sus tropas avanzar sobre Georgia, sienta un precedente : Rusia predominará en sus áreas de influencia. Pero una cosa es enviar tanques de guerra al altillo de la casa, y otra muy distinta es influir directamente en la suerte de la plaza central del pueblo, o la alcaldía.
Dicho de otro modo, el delirio imperial de los rusos no pasa de ser una expresión desencajada del agobio al que ellos se sienten sometidos por el avance imparable de los ánimos libertarios y la democratización.
Esos días gloriosos en los que decidían el destino de Angola, o Namibia ; de Siria y Libia ; de Cuba, Camboya y el Congo, han quedado tan adentro en el cajón de la historia que ahora a duras penas pueden esgrimir el irredentismo aspirando a que Osetia sea una sola.
Cuando el canciller Gromyko se sentaba a darle vueltas al planisferio para encontrar nuevas rutas, áreas de incumbencia, escenarios de proyección del interés nacional, alianzas perdurables, se sentaba en serio frente al Globo Terráqueo.
Hoy, en cambio, Vladimir y Dimitri se sientan frente a planos enmohecidos y rasgados para tratar de adivinar cómo impedir que Ucrania, Georgia, Estonia, Lituania, Estonia, o Polonia terminen consumiendo a su país.
En tiempos del zar Alejandro, la Santa Alianza tenía una vocación y un horizonte ideológico que le guiaba en su delirio imperial contra la naciente revolución democrática de nuestra América.
Asimismo, en tiempos de Dobrynin, Breznev y Chernenko, los rusos les ofrecían a los miserables trabajadores italianos, o franceses, la utopía comunista con cierto valor agregado.
Pero hoy, cuando la Iglesia Ortodoxa a duras penas logra darle ánimo en sus escaramuzas, y cuando la única ideología que Moscú puede exhibir es la de un capitalismo acordonado por la mafia, ¿a qué imperio puede aspirar el Kremlin, más allá del histriónico folclorismo estratégico de Hugo Chávez y Daniel Ortega? +++
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En brazos de Mahmud y Vladimir
VICENTE TORRIJOS R.
Identificado el imperialismo yanqui como el enemigo común, era apenas natural que la Coordinadora Continental Bolivariana conformada por Chávez, Correa y Ortega se diera a la tarea de buscar aliados externos suficientemente motivados y confiables para cooperar en la tarea de enfrentarlo.
La búsqueda no tardó mucho. De hecho, Mahmud Ahmedineyad, de Irán, y Vladimir Putin, de Rusia, socios de todas las causas y de todas las horas, venían persiguiendo exactamente lo mismo.
Así que no fue casual que mucho antes de que sucediera lo de Osetia y Abjasia, ya los contactos, protocolos y programas entre la Coordinadora Bolivariana y el eje Teherán-Moscú estuvieran perfectamente afinados y desarrollados.
Por eso, don Daniel fue el primer gobernante del mundo que en su extravagancia diplomática se ofreció a reconocer la independencia de esos territorios insubordinados del Cáucaso.
Por eso, también don Evo acaba de ponerse, felizmente, en brazos de Mahmud para desarrollar energéticamente a su país mediante la creación de una empresa mixta con su petrolera YPFB.
Pero el más feliz de todos es don Hugo. Está que no se cambia por nadie pues en noviembre va a tener en sus aguas nada menos que al súper buque nuclear Pedro el Grande y al insuperable acorazado Almirante Shabanenko.
Como si fuera poco, el ejército y la población venezolana ya están bien equipados de fusilería moscovita, van a montar fábricas de armamento ruso en el Caribe, y hasta se hará realidad el sueño de tener una base aérea especializada en lucha naval y anti-submarinos.
Así las cosas, la alianza militar establecida inicialmente por el eje Caracas-Quito-Managua va a tener un poderoso referente externo para reemplazar a La Habana en ese papel que tan decorosamente cumplió durante la crisis de los misiles del 62.
En cualquier caso, Hugo, Evo y Rafael no pierden el tiempo. Al fin y al cabo no es muy agradable sentir encima la IV Flota norteamericana, la nueva base de Manta en los Llanos y las intenciones de la Otan de ampliar su radio de acción pasando por la base que tiene en Curacao hasta llegar a Colombia como nuevo miembro asociado. +++
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Pitirrusos
Un pitiyanqui es un imitador servil de las costumbres estadounidenses. El término, acuñado en Puerto Rico, pero usado sobre todo en Venezuela, ha sido recientemente incorporado al vocabulario de uso frecuente del presidente Hugo Chávez, donde compartirá honores con otros vocablos, menos elaborados quizá, pero igualmente sonoros, que harán las delicias de la poética chavista.
Habría que preguntarle si también hay pitirusos, sobre todo ahora que ha llegado a la conclusión de que el desarrollo, la paz, e incluso las vidas de los latinoamericanos, dependen de amigos como Rusia. Dirá que no, seguramente, porque según su lógica implacable, Putin no huele a azufre, Moscú jamás ha tenido ambiciones imperiales, la de Osetia y Abjasia fue una intervención humanitaria, y además, Rusia queda muy lejos como para ensañarse con los sufridos pueblos latinoamericanos como lo han hecho los yanquis durante tanto tiempo.
Y puede que en algo tenga razón: Rusia queda demasiado lejos, y no habrá ejercicio naval conjunto, ni efervescente compra de armamentos, ni alianzas energéticas que compensen esa realidad, tanto geográfica como geopolítica. Quizá los rusos jueguen un poco a enrarecer el ambiente, a irritar a Washington —como los yanquis hacen a veces en el espacio postsoviético—, mientras Chávez eleva el color de su retórica; pero saben que no deben ir más lejos, para no arriesgar una de las metas de su política exterior: que se reconozca que existen zonas de influencia que las potencias deben respetarse recíprocamente, ya sea en el Caribe o en el Cáucaso. +++
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Primor vrs. Rigor
VICENTE TORRIJOS R.
´La Audacia de la Esperanza’, título del último libro de Barack Obama, pone de presente su carácter : idealista, soñador, iluminado.
‘Fe en mis Padres’, el de John McCain, muestra todo lo contrario : un hombre recio, pragmático y objetivo.
Eso es lo que hace particularmente interesante la actual elección presidencial en los Estados Unidos.
De hecho, el senador Obama piensa en energías alternativas, en una especie de cosmopolitismo bienaventurado, en la diplomacia persuasiva y en la aceptación afectuosa de los Estados Unidos en todos los foros y escenarios internacionales.
En cambio, el senador McCain se basa en la energía nuclear, en sostener relaciones productivas únicamente con los aliados comprobados, en la persuasión disuasiva y en “el cambio”, sí, pero “basado en la fuerza”.
La retórica de Obama es florida, universalista, y trae a la memoria esos discursos de Woodrow Wilson en los que antes de la primera guerra mundial el presidente Demócrata soñaba con trasplantar en todo el mundo las virtudes y bondades de la democracia norteamericana.
Por el contrario, McCain se basa en el poder de los Estados Unidos para mantener relaciones, ejercer influencia y enfrentar a los adversarios, siempre sobre la base de que así como hay aliados confiables, también pululan los Estados rufianes y los grupos amenazantes que no son exactamente amantes del diálogo.
Obama aprendió estas lecciones políticas como estudiante en Indonesia y Hawaii, como trabajador social en los barrios de Chicago y como excursionista en busca de sus raíces paternas en las praderas de Kenia.
McCain las aprendió durante la crisis de los misiles en Cuba, como prisionero en Vietnam y como ejemplo activo de diplomacia parlamentaria cuando protagonizó el restablecimiento de las relaciones entre Washington y Ho Chi Minh.
En otras palabras, Obama es algo así como ese destello romántico y soñador que de cuando en cuando aparece en la política norteamericana para que el sistema siga funcionando igual pero sin oxidarse. Destello que cuando se convierte en presidente suele ser una catástrofe. Pregúntenle a Jimmy Carter. +++
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Es mejor Biden
VICENTE TORRIJOS R.
Comparando la trayectoria, el nivel de conocimientos y lo que dijeron durante su discurso de aceptación, parece que no hay duda de que Joseph Biden sería mejor presidente de los Estados Unidos que el propio candidato Barack Obama.
Aunque los discursos estaban estratégicamente calcados, la vida del senador Biden ha estado dedicada a los asuntos más sensibles de la política norteamericana, sabe de lo que habla cuando trata a su adversario Republicano como un amigo con el que tiene profundas diferencias, y si una emergencia se presentara a altas horas de la noche, cualquiera preferiría que fuese él y no Obama quien contestase el teléfono.
Dicho de otro modo, Obama cayó fatalmente en el falso dilema entre seguridad y economía aceptando claramente sus debilidades en los delicadísimos asuntos de la diplomacia y la defensa.
Al escoger como acompañante a alguien superior tanto en experiencia como en tan delicadas materias, el candidato oficial de los Demócratas se puso a sí mismo en desventaja como si los norteamericanos no pudieran interpretar rápidamente que con la designación de Biden él estaba tratando de subsanar sus deficiencias.
Para ponerlo en otros términos, es apenas comprensible que un Demócrata común y corriente, afectado por la displicencia con que se trató a Hillary Clinton, alertado por la designación de una mujer (Sarah Palin) en el bando contrario, e informado a plenitud de las carencias de su líder frente a la holgura con que McCain maneja los asuntos de la guerra y la paz, lo piense dos veces antes de acudir a darle el voto al esperanzador senador por Illinois.
Porque al fin y al cabo eso es lo que viene siendo Obama : un esperanzador político norteamericano. Idealista, soñador, recursivo en el manejo de los símbolos y los discursos, Obama es el perfecto escudo que requiere un sistema político como el de los Estados Unidos para no oxidarse.
O sea, que al oxigenar a ese sistema, lo que Obama está haciendo, en el fondo, no es más que consolidar la tendencia conservadora en la que se sustenta el poder norteamericano ante el mundo.
Ni Kennedy, ni Carter, tuvieron como adversarios a un McCain, así que ahora la contienda es a otro precio y más de un Demócrata debe estar pensando que si la confianza que siente reside en Joseph Biden, lo más conveniente sería ahorrarse el riesgo y la molestia, y de una vez por todas decidirse a votar Republicano. +++
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El adiós de Zelaya
VICENTE TORRIJOS R.
El presidente de Honduras, Manuel Zelaya, se ha ido a la Alternativa Bolivariana para las Américas.
Confía en que el ‘socialismo del siglo XXI’ le resolverá los problemas de exclusión y miseria que permanecen intactos en su país después de dos años y medio de gobierno.
Desencantado profundamente del sistema capitalista, al que acusa de ser el origen de todos los males sociales, se adentra en las aguas movedizas de la expropiación, la nacionalización y la planificación centralizada.
Altisonante y rodeado en el escenario nada menos que de Evo Morales, Hugo Chávez y, por supuesto, el comandante Daniel Ortega, Zelaya también dijo que no tuvo que pedirle permiso a ningún imperialismo.
En otras palabras, le ha rendido el máximo tributo posible a la revolución bolivariana y se ha calificado a sí mismo como un agente propagador más, como pieza clave del experimento.
Zelaya bien podría haber intentado una buena relación con la Coordinadora Continental Bolivariana sin necesidad de integrarse al esquema expansionista.
Pero, claro, para Chávez, Ortega y Morales eso no era suficiente. Esos “100 años de petróleo” que le han prometido a Zelaya serán a bajo precio costo, pero tienen un alto precio.
Y el precio no era otro que adherir formalmente, que engrosar las filas del modelo revolucionario que coloniza los espacios con la ilusión de que el sistema interamericano termine plegado al recorte de las garantías individuales y las libertades públicas.
Como en todo ritual de ingreso, don Manuel Zelaya tuvo que prestar juramento de fidelidad, declararse enemigo de quienes no aceptan el código de valores del Alba y poner al servicio de la causa todos los recursos de la ‘nueva’ Honduras.
Para amortiguar un poco semejante aterrizaje de emergencia, su gobierno ha querido llegar a entendimientos militares con los Estados Unidos y ha sido modesto pero frecuente colaborador de Colombia en la lucha contra el crimen organizado.
Pero ahora que ha sido ungido caballero de la orden tendrá que ser consecuente con la espada que le ha sido entregada. Habrá que ver cuán rápido o prudente piensa ser al momento de desenfundarla. +++