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Polonia es la clave
VICENTE TORRIJOS R.
Terminada la guerra fría, Polonia voló en mil pedazos el Pacto de Varsovia.
Después, erradicó el comunismo de su espectro político y eligió el sistema de la libre empresa, las iniciativas individuales y el bienestar colectivo.
En seguida, abrió negociaciones con Occidente y se convirtió en el abanderado de la ‘Nueva Europa’.
Se comprometió con la estructura continental, se conectó a la OTAN y ya está entrando al Eurocuerpo, es decir, el ejército paneuropeo que garantiza operativamente el vínculo de seguridad transatlántico.
Dispuesto a no seguir siendo el emparedado de las potencias del vecindario, comprendió que debía mirar a América y se convirtió en firme aliado de los Estados Unidos.
El entendimiento ha llegado a tal punto que ahora instalará en su territorio buena parte del escudo anti-misiles con el que este hemisferio de la libertad quedará protegido de las pulsiones destructivas de iraníes, rusos y todos aquellos países que siempre están soñando con reconstruir los imperios que alguna vez tuvieron.
Superado así el déficit estratégico que en su momento le llevó a ser víctima del pacto Ribentropp-Molotov en virtud del cual los alemanes y los rusos la dividieron en dos para someterla más tarde, Polonia adopta un papel cada vez más decidido en la seguridad internacional.
Europa central y del Este, Medio Oriente y Eurasia son sus ámbitos de influencia. Y no cede en su firme actitud anti-imperialista por la defensa de la democracia y la libertad de los pueblos.
Es el caso de su apoyo a Georgia, para limitar el apetito expansionista de los rusos en Osetia y Abjasia.
Dispuesta a evitar que otros pueblos sufran su misma suerte previa a la Segunda Guerra Mundial, Polonia se enfrenta al imperio porque sabe muy bien que conteniendo el poco aliento que aún le queda al Kremlin estará asegurando su propia independencia democrática.
En consecuencia, Polonia es un ejemplo de sistema representativo, de país cooperante en la lucha global contra el terrorismo (donde quiera que se tenga que dar), y de dique que contiene el expansionismo y la egolatría. Un ejemplo que deberían seguir otros países aquí mismo, en el vecindario. +++
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¿Hay algo que negociar?
VICENTE TORRIJOS R.
Mucha gente está deprimida por los efectos de la operación Jaque debido a que se les han agotado sus argumentos para convertir a las Farc en el socio estratégico con el que se negociaría la paz en las presidenciales del 2010, bajo el manto protector de la revolución bolivariana.
Por eso trataron desesperadamente de desprestigiar y satanizar la operación militar. No podían admitir que cuando se hablaba, a lo largo del último año, de ‘localización humanitaria’ de los secuestrados se trataba de algo cierto y no de simple fanfarronería.
Entonces, como fracasaron en su intento yidispolítico de que el presidente Uribe “renunciara y rindiera cuentas ante la justicia”, la emprendieron contra Jaque : que fue un soborno (revolucionario) ; que no fue colombiana sino norteamericana, israelí, y ¡hasta francesa ! ; que ‘se engañó’ (a los secuestradores) utilizando los símbolos de la Cruz Roja.
Incluso, están absolutamente enfadados con ella, con la Cruz Roja, por su actitud ‘contemporizadora y uribista’ al negarse a acusar al Presidente teniendo a su disposición ‘semejante evidencia’.
Y están desolados, sobre todo, porque muy en el fondo saben que Jaque fue una operación de paz. No sólo es desde ya el paradigma mundial de las operaciones especiales (superior a Entebbe) sino, principalmente, el detonante de un proceso de paz de paz negociada como lo demuestra el hecho de las Fuerzas Militares respetasen deliberadamente la vida de los 70 guerrilleros que quedaron en tierra después de que despegaran los helicópteros.
Y es una operación promotora de paz porque ahora las Farc sólo tienen dos opciones : dedicarse al terrorismo puro, para ser doblegadas en cualquier caso, o entablar conversaciones directas con un Gobierno que, inmune al triunfalismo, y acérrimo practicante del pragmatismo estratégico, les ofrece una salida negociada.
Sólo que esa salida negociada al conflicto no será la que algunos ex presidentes se imaginaron (entregándole el país a la guerrilla) sino una negociación sobre la rendición: desmovilización, entrega de armas, encarcelamiento, y eventual extradición hacia los Estados Unidos.
En pocas palabras, tienen toda la razón quienes sostienen que, tarde o temprano, la forma más racional de ponerles fin a los conflictos… es a través de la negociación. La más racional, la más prudente, la más sensata.
De verdad y de mentira
Por: Andrés MOLANO-ROJAS17 de agosto de 2008
La de las enumeraciones es una tradición bien asentada en Oriente. Baste el ejemplo de una de las piezas fundacionales de la literatura japonesa, el Libro de la almohada, que incluye extensos catálogos de cosas (las desagradables de ver, las ridículas, las que suscitan una profunda emoción o las que provocan angustia, por citar algunos), en los que reside buena parte de su encanto. Probablemente el atractivo de la enumeración, elevada allí a la categoría de género literario, tenga que ver también con su efecto terapéutico, como bien lo sabía el místico musulmán que recomendaba recitar continuamente los 99 nombres de Dios para curar la impaciencia.
Con los tiempos que corren, y a falta de otro remedio, quizá toque apelar a la enumeración con la esperanza de conjurar así los males del siglo. Para empezar podría hacerse un catálogo de cosas que parecen de verdad y otro de cosas que parecen de mentira.
Cosas que parecen de verdad (sin serlo):
- la separación entre deporte y política en el marco de las Olimpiadas
- la versión de la modernidad según el Partido comunista chino (impúdicamente exhibida con ocasión de los Juegos)
- el compromiso de Sarkozy y otros líderes mundiales con la causa de los derechos humanos en China
- los beneficios derivados de la existencia de la Corte penal internacional
- el aplanamiento del mundo por cuenta de la globalización
- Rusia como algo radicalmente distinto de la antigua Unión Soviética
- la expansión de la democracia por el tercer mundo, y
- el inminente declive de Occidente, entre otras…
La lista de cosas que parecen verdad (sin serlo) podría ser muchísimo más larga. Pero incluso Hércules tendría suficiente trabajo si se dedicara apenas a reflexionar detenidamente acerca de las ocho que aquí se enumeran. Tendría que reclamar la ayuda hasta de los Titanes para tratar de desentrañar, a partir de tan resumido compendio, algún signo de sentido en medio del desorden mundial contemporáneo.
Este caos incluye también, por supuesto, cosas que parecen mentira (¡pero no lo son en absoluto!), de las cuales podría hacerse un catálogo aún más prolijo que haría las delicias de Ripley. Entre ellas estarían, sin duda, las siguientes:
- las barreras de metal y concreto que siguen levantando con ahínco en sus fronteras algunos Estados, con la vana esperanza de contener así la amenaza de los “bárbaros”;
- las restricciones del régimen de Mugabe a la ayuda humanitaria en Zimbabue;
- las declaraciones del general ruso Anatoly Nogovitsyn sobre un posible ataque nuclear a Polonia;
- la elección de un caudillo maoísta para liderar el tránsito de Nepal hacia la democracia;
- la posibilidad de que Francia haya prestado apoyo político, militar, diplomático y logístico al régimen ruandés responsable del genocidio de 1994;
- el acucioso pudor con que Berlusconi ordenó retocar el Tiepolo de su sala de prensa para no herir la susceptibilidad de los espectadores,
- y la impudicia con que, en cambio, promovió una ley de inmunidad en beneficio propio y ordenó el censo obligatorio de la minoría gitana…
¡Aunque usted no lo crea! +++
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Nadie más que Pervez Musharraf para entender la importancia de quedarse en su país cuando su situación política es incierta. El 12 de octubre del 1999, el entonces jefe del ejercito pakistaní estaba de viaje en el exterior cuando el primer ministro Nawaz Sharif lo destituyó. Apenas se enteró, Musharraf se devolvió en un vuelo comercial y después de una abortada tentativa de desvío aéreo por parte del ejecutivo, finalmente logró aterrizar ese día en Karachi. Esa fue la rocambolesca historia del último golpe de Estado en Pakistán, que llevo al poder el general Musharraf hace ya casi nueve años.
Seguramente, el presidente Musharraf recordó el episodio cuando tomó la decisión de cancelar su viaje a Beijing, pues planeaba asistir a la ceremonia de apertura de los juego olímpicos. El presidente enfrenta esta vez un proceso de destitución que fue propuesto por la coalición gubernamental en el poder el lunes pasado, como regalito de cumpleaños para Musharraf, quien celebró ese mismo día sus 65 años.
Y nadie más que Pervez Musharraf para amarrarse al poder, a pesar de que todos – los pakistaníes, los medios y la oposición local, hasta buena parte de la comunidad internacional – han entendido que ha llegado la hora de retirarse para el presidente de Pakistán. La impopularidad de Musharraf alcanza tazas inéditas: el 85% de sus ciudadanos, según las últimas encuestas. Los pakistaníes no le perdonan a su jefe de Estado sus maniobras para quedarse en el poder. A finales del año pasado, el entonces general fue reelegido sin sorpresas por los parlamentarios del país. Faltaba el pronunciamiento de la corte suprema sobre la validez de este voto; pues, no lo esperó. El 3 de noviembre, proclamó el Estado de Emergencia, despidió al juez, cabeza de la Corte Suprema de Justicia y a sesenta de sus colegas, para reemplazarlos con otros jueces más dóciles. Eso, sin contar con las restricciones a los medios de comunicación, nacionales o extranjeros. Pocos días después, se retiró del ejercito para poner al día siguiente el traje de presidente civil.
Pakistán resulta ser tristemente uno de estos países paralizados por el devenir de uno solo de sus ciudadanos, su presidente. Mientras el país enfrenta graves problemas económicos y de seguridad, el futuro político de Musharraf ocupa toda la atención de la clase política, del gobierno y de una parte de la opinión publica. En febrero, ya unos parlamentarios pidieron la destitución del presidente. En mayo, varias rumores de dimisión circularon en los medios pakistaníes. Se habló también de la posibilidad de abrirle un pasaje seguro al extranjero y, en junio, 40 000 personas manifestaron en el país, pidiéndole al presidente que se vaya, por favor.
Aún peor, la coalición gubernamental, que resultó de las elecciones de febrero, ganadas por la oposición política, se desgarró seis semanas después de su constitución; justamente por la actitud a tener frente al presidente. A la cabeza de esta coalición, está el Partido del Pueblo Pakistaní (PPP), con Asif Zardari, el esposo de Benazir Bhutto, líder histórica asesinada a finales del año pasado. Zardari heredó la dirección del partido y encabezó la campaña para las elecciones. El comparte hoy el poder con el mismo Nawaz Sharif, el primer ministro quien fue arrestado en 1999 en el momento del golpe de Estado de Musharraf. Sharif volvió al país después del exilio consecutivo al golpe, y retomó su papel político a la cabeza de su partido, la Liga Musulmana del Pakistán – Nawaz (LMP-N). Zardari y Sharif vencieron en las elecciones de febrero frente al partido de Musharraf, y desde entonces se reparten el poder en una coalición muy débil.
Desde que llegaron a compartir el poder ejecutivo, los dos hombres, antiguos enemigos políticos, se la pasaron peleando sobre la actitud a tener frente a Musharraf. Zardari prefería guardarlo a la cabeza del país, pero debilitado y con poderes limitados, para no tener que enfrentar una crisis constitucional. Sharif pedía su cabeza. Otro punto de disputa entre ellos fue la situación de los jueces despedidos por el presidente. Sharif reclamaba su reinstalación pero Zardari no quería eso, pues estos mismos jueces lo condenaron por asuntos de corrupción.
Para hacerse escuchar, Sharif se retiró en mayo de la coalición, junto con sus nueve ministros – incluyendo el de Finanzas, mientras la inflación alcanzaba el 25% y la bolsa de Karachi iba por los suelos. Desde entonces, los ministros no han sido reemplazados; sus puestos fueron congelados mientras se espera que Sharif vuelva a la coalición. Éste dijo que volverá después de la destitución de Musharraf y de la reinstalación de los jueces, para cumplir con sus promesas electorales.
Finalmente, los dos hombres se pusieron de acuerdo la semana pasada, después de tres días encerrados a negociar. Zardari y Sharif anunciaron el 7 de agosto en una rueda de prensa el lanzamiento del proceso de destitución del presidente, por parte del parlamento, como lo autoriza la constitución. Y una vez destituido Musharraf, los jueces destituidos de la corte suprema podrán retomar sus posiciones. El 11 de agosto, los partidos en el poder presentaron a los congresistas el acto de acusación, por “mala administración y violación de la constitución”. Se necesitan dos tercios de los votos de las dos cámaras reunidas para aprobar la destitución. Si eso llega a pasar, será la primera vez en la historia del país que un presidente cae por este medio.
Quien sabe cuanto tiempo se va a demorar el proceso de impeachment. La democracia pakistaní, cada día más incierta, queda totalmente bloqueada por la situación de Musharraf. El no ha reaccionado todavía. Le queda la posibilidad de disolver el parlamento, pero él mismo debe conocer el riesgo de llegar a este extremo. Pakistán, país que detiene el arma nuclear, quedaría sin gobierno, con un jefe de Estado ilegitimo, probablemente en medio de un caos amotinador, y a la merced de las fuerzas fundamentalistas que siguen luchando en el noroeste del país, a la frontera con Afganistán. El New York Times, en uno de sus editoriales de la semana pasada, lo resume todo: “Pervez Musharraf le haría un gran favor a todos si decidiera renunciar y abandonar la política”.
Charlotte de Beauvoir
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A Afganistán… y más allá
VICENTE TORRIJOS R.
¿Qué significa la posibilidad de envío de apoyo colombiano a Afganistán?
Significa tres cosas: incrementar la influencia de Colombia en el panorama estratégico internacional; garantizarse el respaldo de la OTAN para contener, si fuese necesario, los apetitos expansionistas de Hugo Chávez y sus seguidores; y, por último, perseguir al terrorismo fuera de las fronteras porque no hay que olvidar que las Farc trabajan en redes globales y que Colombia estaba hasta ahora encerrada en su conflicto desconociendo las dimensiones internacionales que el conflicto tiene.
En otras palabras, Colombia tiene mucho que aportar en materia de lucha contrainsurgente y ha llegado el momento de impartir enseñanzas a escala global.
Además, la presencia colombiana no tiene por qué ser solo militar. Desde hace cinco años vengo insistiendo en que países como Irak, o Afganistán, requieren la presencia de médicos, arquitectos, trabajadores sociales, enfermeros, ingenieros y que hay firmas colombianas que podrían asumir un papel muy importante en la reconstrucción de estos países desestructurados.
¿Se trata de un hecho aislado, o esta idea hace parte de algo más amplio?
Lo que se puede concluir después de seis años de gobierno Uribe es que Colombia no toma decisiones estratégicas como si fueran hechos aislados. En ese sentido, es probable y deseable que se traslade a Colombia la base ecuatoriana de Manta, que el país coopere activamente en el despliegue de la IVa. Flota de los Estados Unidos, y que Colombia se asocie de algún modo a la OTAN fortaleciendo así su presencia en el nuevo Consejo Suramericano de Defensa que ha propuesto Brasil.
Además, la OEA debe empezar a plantearse seriamente unos esquemas de prevención de conflictos, de despliegues preventivos para impedir agresiones convencionales, o de imposición-y-mantenimiento de la paz en los que Colombia podría contribuir de manera muy significativa. En resumen: se trata de ir a Afganistán, o a Irak … y más allá ! +++
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Leche agria
VICENTE TORRIJOS R.
En pocas horas cayeron 30 milicianos de Al Qaeda en Irak, la policía española desmanteló un plataforma electrónica de entrenamiento para terroristas, y en Afganistán cayó el número uno en explosivos de la red, el egipcio Abu Khabab al Masri (“padre del caballo trotador”).
Semejante ejemplar de la fauna terrorista era el principal diseñador de la guerra asimétrica, el inspirador de los islamikases (los integristas suicidas) y el creador de atentados paradigmáticos, como el que se perpetró contra el buque de guerra norteamericano USS Cole, poco antes del 11 de septiembre.
Para que la analogía con el caso colombiano se haga más evidente, los EE UU ofrecían por él una recompensa de 5 millones de dólares, y estaba siendo buscado afanosamente por cielo, mar y tierra.
Como director del reconocido programa de armas de destrucción masiva de Al Qaeda (conocido como Al Zabadi, o “Leche Agria”), Al Masri instruyó a toda una generación de artificieros (pirotécnicos) que no han descansado en su tarea de sembrar el terror a lo largo y ancho del globo.
En otras palabras, Al Masri era el gran orientador y ejecutor de ese tipo de guerra en la que fuerzas irregulares se valen de su versatilidad para identificar el talón de Aquiles de los ejércitos convencionales y así propinarles golpes demoledores que a pesar de lo puntuales pueden tener devastadores efectos estratégicos.
Pero la red mundial de informantes funcionó. Las recompensas funcionaron.. Los mecanismos satelitales funcionaron. El operativo planeado para localizarlo funcionó a la perfección y hoy ya no es una amenaza para el planeta Tierra.
En cambio, no funcionaron los mecanismos persuasivos para que negociara oportunamente, para que se entregara, para que no arrastrara a los suyos y a sus adversarios imaginarios o manifiestos a mayor frustración y sufrimiento.
Al Masri, “héroe y mártir” del yihadismo, prefirió dejarse dominar por el gen criminal que le animaba, antes que caer en la sensatez y el aplomo político (al que otros denominan ‘entreguismo revolucionario’). Tenía 55 años y gozaba del afecto, el respeto y la admiración de (casi) todos sus milicianos. +++
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Por: Andrés MOLANO-ROJAS
Sinomanía
La celebración de los Juegos olímpicos en China a partir de esta semana provocará más de un efecto colateral, no sólo en el campo deportivo y político -donde pueden darse por descontados tanto las sorpresas como los incidentes- sino también en otros ámbitos, como el del imaginario de Occidente en relación con el mítico “Imperio del centro”.
No podría ser distinto. La relación de Occidente con China nunca ha sido simple: por el contrario, abunda en paradojas y complejidades. La idealizó y la descubrió maravillado con Marco Polo, y también con Voltaire, los exploradores victorianos y el presidente Nixon varias centurias después. La halló esquiva y elusiva, incluso cuando quiso aproximarse a ella reconociendo su otredad, como lo intentó el padre Ricci en el siglo XVI. La violentó primero con las guerras del opio y luego la humilló sometiéndola a las abusivas cláusulas de los tratados desiguales, de Nanjing en adelante. La pasó por alto en la primera postguerra mundial, y en la segunda la elevó al solio de las grandes potencias. Ha coqueteado con ella, le ha reprochado ser como es, y ahora la mira con una mezcla de admiración, ansiedad, censura y recelo, no exenta de temor milenarista.
Habrá que ver cómo influye esta experiencia olímpica en la imagen que Occidente tiene de China, y sobre todo, en su capacidad de comprenderla sin exagerarla. Ojalá sirviera para moderar tanto las expectativas como las reticencias. Por ahora, sin embargo, todo lo que hay es una epidemia aguda de sinomanía. +++
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Le religión, estos días, decidió meterse en la política. Después de ver a Uribe de rodillas por todas partes, el nuevo escenario de esta mezcla indeseable, según las noticias, se ubica en Turquía.
Pero, si acá se pide respetar la laicidad infundida en la constitución, allá pasa lo contrario; son los laicos que ponen en jaque las instituciones nacionales.
El tema de la religión, o más bien de la ausencia de la religión en los asuntos estatales, data de los origines mismos de la nación Turca. Cuando, en 1923, Mustafa Kemal funde la Republica sobre las cenizas del Imperio Otomano, el adopta como principio fundador la secularidad, o sea, la independencia de los asuntos públicos en relación con los religiosos.
Así pasaron los años en la republica turca: las elites laicas mandando a la cabeza del poder y los militares guardando celosamente la laicidad nacional. Eso fue sin contar con las sorpresas que trae el juego democrático. En este país que cuenta con el 99% de musulmanes en su población, terminó por ganar en las elecciones un partido islámico, el AKP (partido de justicia y desarrollo).
Hubo el año pasado toda una crisis nacional, entre pro-laicos y pro-AKP, que, después de muchas manifestaciones, se acabó con elecciones anticipadas, las cuales confirmaron la victoria del AKP en las urnas.
Esta legitimidad democrática no pareció satisfacer a los laicos. Un juez atacó al partido después de la adopción de una ley que suprimió la interdicción para las mujeres de ir a la universidad la cabeza cubierta de un pañuelo. El juez llevo el caso hasta la corte constitucional e pidió la supresión del AKP, por “actividades anti-laicas”.
Este miércoles, se pronunciaron los jueces constitucionales, y solo faltó un voto para prohibir el partido. Sin embargo, de 11 votos, 10 reconocieron el partido culpable y los jueces tomaron la decisión de sancionar económicamente al partido, cortándole la mitad de sus recursos estatales.
¿Qué hubiera pasado si el partido en el poder había sido suprimido? ¿En que lío institucional estaría hoy Turquía?
Los laicos turcos creen que el AKP tiene una agenda islamista escondida y por eso actúan de manera tan agresiva – pero el primer ministro Erdogan y el presidente Gül, en sus discursos, defienden el secularismo turco, y a la vez acuerdan que este secularismo debe también “garantizar la libertad de religión y de conciencia”.
Resulta, entonces, que los fundamentalistas en Turquía no son los islámicos pero los laicos. Que, por no dejar a las estudiantes que lo quieren cubrirse de un pañuelo para ir a clases, casi armaron una crisis institucional sin precedentes en el país. Los kemalistas que defienden en laicismo ya pasaron la línea, y llegaron al punto de un fundamentalismo excluyente, que puede poner en jaque la evolución democrática del país.
Charlotte de Beauvoir