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Transgresores, rufianes y villanos
VICENTE TORRIJOS R.
Han entrado los productores y guionistas de los superhéroes en una especie de paroxismo psiquiátrico en sus películas que ya uno no sabe si Batman o el Hombre Araña son los defensores del bien o simples rufianes que rompen todo criterio de justicia en el ordenamiento urbano capitalista.
Se añoran, pues, aquellos tiempos de infancia en que a pesar de la amenaza nuclear entre las superpotencias, se podía dormir tranquilo porque en la pantalla del televisor pululaban los indestructibles que a punta de ¡pim! ¡pam! ¡pum! sometían a los auténticos malvados que pretendían dominar o destruir al planeta.
Hoy, en cambio, animados por una revisión extrema del maniqueísmo, los creadores de las películas presentan a unos personajes míticos dotados de ciertos poderes especiales pero que no saben qué hacer con ellos, o que se desdoblan atrapados por crisis maníaco-depresivas, o cuyos sentimientos de culpa los someten a graves paranoias y fabulaciones fantásticas.
En consecuencia, el niño que se disfraza hoy día de Spiderman, ya no puede saber si es rojo, o negro, si es Jekyll, o Hyde, si lucha contra el mal, y menos aún, lo que es el bien.
Asimismo, el otro que se disfraza de Batman, ya no logra saber si porta la máscara del mal y si su identidad oculta es la del malhechor que origina todas las desgracias porque estaría ejerciendo justicia por mano propia e incurriendo en crímenes aún más desastrosos que los de sus repulsivos archienemigos.
Y lo que es peor aún, al ligar involuntariamente la narración cinematográfica con la realidad cotidiana de los actores que asumen éste o el otro papel, resulta que el Guasón, víctima de sobredosis, es premiado póstumamente por su espléndida actuación, mientras que Batman es llevado a la cárcel por haber agarrado a trompadas a su madre y a su hermana.
Estamos, pues, ante una crisis narrativa que descompone aceleradamente los códigos ideológicos en los que se basaba la superioridad moral del sistema capitalista y los niños chicos y los niños grandes estamos cayendo en el más desapacible relativismo que equipara a buenos y malos como si la globalización impidiese identificar con toda claridad quiénes son las víctimas y quiénes los victimarios. +++
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