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Por Enver Joel Torregroza
La pregunta por la felicidad pareciera haber caído en el olvido. Preocupaciones más urgentes nos agobian, y aunque parecen estar relacionadas con la felicidad, pocos se toman el trabajo de pensar los lazos que las vinculan. Entre las múltiples razones por la cuales poco se piensa en la felicidad está, por supuesto, la creencia en el carácter indefinible del concepto. Sólo una definición formal se adopta popular e institucionalmente: la idea de que cada cual tiene su noción particular, propia y exclusiva de felicidad, justificada en el “derecho” que cada uno de los individuos de nuestra sociedad tiene de sentir, concebir y buscar su felicidad como le plazca. A esta proposición problemática torpemente se le suele oponer un colectivismo impreciso, nacido más del deseo de compensar los vacíos que genera el individualismo excesivo que de una conciencia clara de lo que la felicidad significa. Tras deberes oscuros, impulsos sembrados en el sótano de la historia controlan impasibles los secretos hilos que sostienen las argumentaciones contemporáneas, falsamente autocríticas.
Sin embargo, la felicidad sigue siendo una inquietud común de todos los días. El motivo es simple y obvio: la infelicidad. Pensar la felicidad sin su opuesto es como tratar de entender una moneda mirando sólo una de sus caras. Así lo comprende sabiamente el filósofo alemán Odo Marquard en su libro Felicidad en la infelicidad. Una de las razones por las cuales la felicidad se hace difícil, generando una innecesaria infelicidad, es justamente nuestra tendencia a desconocer el lugar de la infelicidad en nuestras vidas. Un “lugar común”, podría decirse, pero digno de atenta consideración filosófica, pues como ya señalaba en otro lugar Nicolás Gómez Dávila, los lugares comunes no nos señalan la solución a los problemas que a todos nos agobian, simplemente los recuerdan.
Lo mejor del libro de Marquard, y todo en él es bueno, es su capacidad para tratar las preguntas esenciales con la modesta libertad que concede una modesta felicidad. Marquard no se limita a defender sistemáticamente una idea mediante la condena ceñuda de los demonios contemporáneos; hábito recurrente en algunos intelectuales esclavos de sus miedos, retratistas de los monstruos del monstruoso capital (el caballito de batalla de aquellos discursos cargados de denuncia y sospecha que no se cansan de vulgarizar el dulce placer o la sutil serenidad con que algunos seres humanos tratan de vivir). No, Marquard no pertenece a esa estirpe de pensadores impregnados de lo que Derrida en algún momento llamó, hablando de otras cosas, el “tono apocalíptico recientemente adoptado en filosofía”. Herético y rebelde en su descarada felicidad atemperada, Marquard nos deleita con una prosa precisa e irónica, liberada de afanes absolutistas, de mensajes mesiánicos e indiferente a cualquier afán de novedad inusitada. El tono de las reflexiones de Marquard es el de la felicidad en la infelicidad: un reconocimiento lúcido de esas verdades simples, poco asombrosas, pero liberadoras, como la de saber lo infelices que seríamos sin la infelicidad.