Polinotas


Morir de viejo…
Mayo 26, 2008, 9:05 pm
Archivado en: General

 

Por:  Andrés MOLANO-ROJAS

26 de mayo de 2008

 

Morir de viejo

 

Ahora que las Farc confirmaron la muerte de Tirofijo, “de un infarto y en los brazos de su compañera”, cabe preguntarse si el octogenario líder insurgente —acaso el guerrillero “más viejo del mundo”— representa el heroísmo de su causa, o más bien, la terquedad y el anquilosamiento de una organización que como él, al paso que va, acabará muriendo de vieja.

 

Sobreestimar el impacto real del deceso de Tirofijo sería un craso error (a pesar del carácter casi puramente emblemático del rol que desempeñaba), sobre todo si se acompaña de un apresurado triunfalismo que desconozca, entre otras cosas, que el fin de las Farc —ya sea por desmovilización, por derrota militar, o por implosión—, no resolverá por sí sólo la compleja problemática de seguridad interna del país.  Pero no hay duda de que su muerte y las circunstancias en que se produjo reflejan muy bien la situación en que las Farc se encuentran.

 

Las insurgencias también mueren de viejas.  Aunque en principio puedan ser indiferentes al paso del tiempo, a la larga no pueden eludirlo.  Si ocasionalmente eligen la inhibición y el repliegue por razones tácticas, no sobreviven —como tales— cuando éstos se vuelven la única estrategia posible.  Y aunque a veces puedan transformar un aparente retroceso táctico en un éxito estratégico, rara vez resisten la inmovilidad y el confinamiento prolongados.

 

Las insurgencias también mueren de viejas.  Cuando así pasa, el problema entonces es el de controlar su agonía.  Y sobre todo, el de evitar su reencarnación.  +++

 



La muerte de Marulanda: motivo de júbilo o de preocupación?
Mayo 24, 2008, 5:28 pm
Archivado en: En la actualidad

Por Juan Carlos Guerrero

La muerte de Manuel Marulanda es un hecho que tendrá una trascendencia indudable. No tanto desde un punto de vista militar, pues el legendario jefe de las FARC, más que un guerrero imprescindible, era un símbolo de la guerrilla. En efecto, Marulanda encarnaba la unidad del movimiento armado. El no era únicamente el jefe máximo, respetado y admirado por muchos guerrilleros. El simbolizaba también la vieja resistencia campesina y la guerrilla rural, lo que constituye buena parte del imaginario alrededor del cual se ha forjado la historia y la identidad de este grupo armado.

Es muy probable que la muerte del mítico jefe produzca júbilo en una opinión pública mayoritariamente hastiada de la lucha subversiva. Sobre todo si, como es de esperarse, el gobierno colombiano convierte este acontecimiento en un nuevo parte de victoria de la política de seguridad democrática. Es claro que, independientemente de que la causa de la muerte haya sido natural (un paro cardíaco) o el producto de una operación militar (un nuevo bombardeo), las Fuerzas Militares y el gobierno presentarán el hecho como un “golpe crucial” a las FARC.

Este golpe es fundamentalmente de carácter simbólico. Pero no cabe duda de que tendrá efectos en la organización y los modos de operar de las FARC. La tendencia a la independencia de los frentes, que ya era un hecho desde hace más de una década, va seguramente a reforzarse. Hace ya varios años que los frentes de las FARC gozan de autonomía financiera, de manera que cada uno decide, sin rendir mayores cuentas al Secretariado, cómo sostenerse, es decir, hasta qué punto recurrir a los secuestros, la extorsión y el tráfico de la droga. Los testimonios de los guerrilleros desmovilizados dan cuenta de la existencia de frentes ricos y boyantes, y de otros pobres y en franca decadencia (muchos de los cuales han incluso desaparecido). Parece ser que los frentes cuyos miembros están más politizados son los más pobres, mientras que los que han dejado la política en un segundo plano son los más ricos.

Con la muerte de Marulanda, el Secretariado puede perder fuerza, y las tendencias centrífugas pueden reforzarse. En ese sentido, las FARC podrían entrar en una fase de descomposición acelerada, no sólo en términos de su unidad como organización, sino también en términos del reforzamiento de una cultura mafiosa. Esta situación no debería llenarnos de júbilo, pues una guerrilla descompuesta y fragmentada no será precisamente mucho más fácil de combatir. Lo ocurrido con los antiguos combatientes de América central que hoy conforman esas bandas armadas llamadas “Maras”, presentes incluso en los Estados Unidos, es una prueba de ello. También lo es, lo sucedido con la descomposición de los dos grandes carteles de la droga colombianos, el de Medellín y el de Cali, que dieron lugar a una miríada de cartelitos, no menos mafiosos, ni menos poderosos. Y qué decir de las cuadrillas de cuatreros y de bandoleros al final del período de la Violencia, que se perpetuaron durante un tiempo y que fueron muchas veces la base de nuevos grupos armados?

Lo más preocupante de esta fase de descomposición de las FARC es la manera como ella va a ser percibida por la opinión pública. Sin duda, una gran mayoría de los colombianos va a quedar persuadida de la posibilidad de una victoria militar total sobre las FARC. Y ese estado de ánimo puede llevarnos a ignorar una oportunidad única: la de ofrecerle a los combatientes de esa guerrilla, una “salida digna” de la guerra. Es justamente ahora, cuando hay signos evidentes de debilitamiento de las FARC, que esa oferta tiene sentido. Es en este momento que muchos guerrilleros podrían acogerse a ella, especialmente los más politizados (los cuales aún existen, aunque se piense que las FARC hace mucho que perdieron toda tipo de ideología).

El problema es que “la salida digna” no consiste simplemente en estimular la deserción. Es probable que por temor, o atendiendo al llamado de otros guerrilleros desmovilizados, ocurran unas cuantas desbandadas. Pero la deserción no es una decisión fácil de tomar para ningún guerrillero. No sólo por los riesgos personales, pues, como bien se sabe, las FARC son una organización que castiga fuertemente a los desertores. También por lo que ella significa en términos de la ruptura de una trayectoria biográfica a la cual cada guerrillero ha intentado darle un sentido subjetivo. No es sencillo para muchos hombres y mujeres de extracción esencialmente rural, que por una u otra razón se han convencido de luchar por una causa justa, incorporarse a la vida civil, sintiendo que el gobierno y la sociedad los designa simplemente como terroristas y delincuentes. Estos señalamientos hacia los guerrilleros desmovilizados son una de las pruebas más duras para los que deciden abandonar las armas.

El riesgo que se corre ahora no es sólo el de la consolidación de una organización mafiosa, sino también el de la radicalización de la guerrilla mediante una oleada de actos terroristas. En ese sentido, son inquietantes las múltiples incautaciones de explosivos que las Fuerzas Armadas han venido realizando últimamente tanto en zonas rurales, como en las urbes. Si en esta coyuntura el gobierno y la sociedad no logran presentar a los combatientes de la guerrilla una “salida digna” de la guerra, es muy probable que aquéllos que no logren desertar, se queden atrapados en una organización en plena descomposición.



Desde Buenaventura
Mayo 20, 2008, 4:42 pm
Archivado en: Eventos

Por Rubén Sánchez David

En el marco de las actividades de extensión de la Universidad, la Facultad de Ciencia Política y Gobierno adelanta en Buenaventura un proyecto de formación de identidad ciudadana y reconciliación con las comunidades receptoras de desmovilizados en barrios deprimidos de la Isla de Cascajal.

El proyecto, financiado por la Alta Consejería para la Reintegración (ACR) tiene como objetivo democratizar los patrones culturales de la comunidad mediante la constitución de un entramado de valores y prácticas democráticos, desde la experiencia de lo cotidiano hasta las relaciones institucionales.

Para lograr su objetivo, el proyecto desarrolla charlas informativas, talleres orientados a la solución de problemas colectivos y foros destinados a avanzar en la construcción de la civilidad.




La manta guajira
Mayo 20, 2008, 4:40 pm
Archivado en: Relaciones Internacionales

VICENTE TORRIJOS R.

Galopa sobre la ira el comandante Chávez desde que
supo que Colombia y Estados Unidos han estado hablando
de trasladar la base de Manta del Ecuador a la
Guajira.

Energúmeno por vocación, y víctima de paradigmática
paranoia, el señor Presidente le teme a sublevaciones
en las fuerzas militares, al levantamiento popular a
fines de este año, a la declaratoria unilateral de
autonomías regionales, a los tribunales
internacionales de justicia, y cuando cierra los ojos
se ve, como Mussolini, terminando sus días pendiente
de un hilo.

Pero la verdad es que no tendría de qué preocuparse.
Cuando de asuntos internos se trata, a quién le puede
importar, por ejemplo, que él monte una fábrica de
fusiles con los rusos, que se haya convertido, como
Hizbolá, en el socio local de los iraníes, o que
auxilie a las guerrillas colombianas reconociéndolas
como beligerantes luchadoras por la libertad.

Soberano y todopoderoso, ¿no está acaso en su derecho
de hacer en su país lo que a bien tenga y lo que su
condición personal le imponga y le sugiera ?

Para decirlo en otros términos, el comandante
Presidente puede estar seguro de que a Colombia no le
interesa para nada entrometerse en los líos que él
mismo ha orquestado en Venezuela y los que quiere
desatar, por ejemplo, en Bolivia, sintiéndose ya no
Bolívar sino el Vo Nguyen Giap de América Latina.

Suficientes problemas tenemos ya en la casa con tanta
extradición pendiente, la farcopolítica que se nos
viene encima, los miembros del Secretariado que andan
sueltos más acá y más allá de la frontera, la
localización aérea humanitaria, el refinamiento de los
nuevos métodos de legítima defensa (anticipada y
preventiva), la sistematización de toda la información
recogida en la Operación Fénix, los eventuales
trámites ante la Corte Penal Internacional, el apoyo
que requieren y merecen la congresista Ross Lehtinen y
el ex presidente Lucio Gutiérrez, los saludos
protocolarios cuando triunfe John McCain, las
relaciones que se mantendrán con las nuevas autonomías
bolivianas, los lazos de solidaridad con la Conaie
ecuatoriana, la ubicación del terreno donde se ubicará
la nueva base de Manta en la Guajira, en fin,
suficientes problemas tenemos ya como para andar
preocupándonos por las sandeces y manías que florecen
en el nosocomio.



Felicidad e infelicidad.
Mayo 19, 2008, 11:03 am
Archivado en: Notas académicas

Por Enver Joel Torregroza

La pregunta por la felicidad pareciera haber caído en el olvido. Preocupaciones más urgentes nos agobian, y aunque parecen estar relacionadas con la felicidad, pocos se toman el trabajo de pensar los lazos que las vinculan. Entre las múltiples razones por la cuales poco se piensa en la felicidad está, por supuesto, la creencia en el carácter indefinible del concepto. Sólo una definición formal se adopta popular e institucionalmente: la idea de que cada cual tiene su noción  particular, propia y exclusiva de felicidad, justificada en el “derecho” que cada uno de los individuos de nuestra sociedad tiene de sentir, concebir y buscar su felicidad como le plazca. A esta proposición problemática torpemente se le suele oponer un colectivismo impreciso, nacido más del deseo de compensar los vacíos que genera el individualismo excesivo que de una conciencia clara de lo que la felicidad significa. Tras deberes oscuros, impulsos sembrados en el sótano de la historia controlan impasibles los secretos hilos que sostienen las argumentaciones contemporáneas, falsamente autocríticas.

Sin embargo, la felicidad sigue siendo una inquietud común de todos los días. El motivo es simple y obvio: la infelicidad. Pensar la felicidad sin su opuesto es como tratar de entender una moneda mirando sólo una de sus caras. Así lo comprende sabiamente el filósofo alemán Odo Marquard en su libro Felicidad en la infelicidad. Una de las razones por las cuales la felicidad se hace difícil, generando una innecesaria infelicidad, es justamente nuestra tendencia a desconocer el lugar de la infelicidad en nuestras vidas. Un “lugar común”, podría decirse, pero digno de atenta consideración filosófica, pues como ya señalaba en otro lugar Nicolás Gómez Dávila, los lugares comunes no nos señalan la solución a los problemas que a todos nos agobian, simplemente los recuerdan.

Lo mejor del libro de Marquard, y todo en él es bueno, es su capacidad para tratar las preguntas esenciales con la modesta libertad que concede una modesta felicidad. Marquard no se limita a defender sistemáticamente una idea mediante la condena ceñuda de los demonios contemporáneos; hábito recurrente en algunos intelectuales esclavos de sus miedos, retratistas de los monstruos del monstruoso capital (el caballito de batalla de aquellos discursos cargados de denuncia y sospecha que no se cansan de vulgarizar el dulce placer o la sutil serenidad con que algunos seres humanos tratan de vivir). No, Marquard no pertenece a esa estirpe de pensadores impregnados de lo que Derrida en algún momento llamó, hablando de otras cosas, el “tono apocalíptico recientemente adoptado en filosofía”. Herético y rebelde en su descarada felicidad atemperada, Marquard nos deleita con una prosa precisa e irónica, liberada de afanes absolutistas, de mensajes mesiánicos e indiferente a cualquier afán de novedad inusitada. El tono de las reflexiones de Marquard es el de la felicidad en la infelicidad: un reconocimiento lúcido de esas verdades simples, poco asombrosas, pero liberadoras, como la de saber lo infelices que seríamos sin la infelicidad.

 



R2P
Mayo 18, 2008, 11:02 am
Archivado en: En la actualidad, Relaciones Internacionales

R2P

Por:  Andrés MOLANO-ROJAS
19 de mayo de 2008

De no haber sido por los atentados del 11S, el gran tema de las relaciones internacionales en 2001 habría sido el del informe de la Comisión internacional sobre intervención y soberanía de los Estados divulgado ese año bajo el contundente título de “La responsabilidad de proteger”.  Aunque en aquel entonces tuvo un impacto secundario, debido a la preponderante preocupación global sobre el terrorismo, recientes acontecimientos como el ciclón que ha devastado Birmania, y la contumaz reacción de la Junta militar (que ha hecho de este desastre natural una catástrofe humana sin precedentes), le han dado renovada actualidad a sus conclusiones.

La principal de ellas es que la soberanía no puede ser considerada simplemente como un atributo o una prerrogativa de los Estados, sino que ésta, más que privilegios, entraña responsabilidades:  en especial, la de respetar y proteger la dignidad y los derechos fundamentales de todas las personas.  De ahí que cuando un Estado no pueda —o no quiera— hacerlo, surja para la comunidad internacional, ya no el “derecho de intervenir”, sino la “responsabilidad de proteger” a las poblaciones en riesgo o cuyos derechos estén siendo gravemente vulnerados, por encima de cualquier argumento soberanista, incluso por la vía militar (en última instancia) y con fines tanto paliativos como preventivos.

Estos principios todavía no han sido formalmente aceptados.  Pero es un avance, por lo menos, que el canciller francés, B Kouchner, los haya invocado en defensa de las víctimas tanto de la naturaleza como del perverso régimen de Rangún.  +++

 



Ni Hillary, ni Obama
Mayo 13, 2008, 3:22 pm
Archivado en: Relaciones Internacionales

VICENTE TORRIJOS R.

Desde hace varios años el senador Barack Obama ha sido
un crítico de oficio sobre los asuntos colombianos.

Hace parte de un núcleo de congresistas demócratas
que, por inercia, firman cartas adversas al Gobierno
para reafirmar su identidad partidista
anti-republicana.

Al lado de prestigiosos dignatarios como Kennedy, o
Kerry, y de otros, menos encumbrados pero con
intereses mucho más marcados en nuestros asuntos
internos, Obama no quiere el libre comercio con
Colombia y le parece que ésta es una república
bananera en materia de derechos humanos.

Aunque fue muy oportuno al rechazar la osadía
(calculada) del presidente Chávez cuando les reconoció
a las Farc la condición de beligerantes, habrá que ver
hasta dónde estaría dispuesto a llegar cuando se
conozca plenamente el contenido de los computadores de
Raúl Reyes.

Será muy inspirador y para muchos la gran promesa del
sistema político norteamericano, pero sería preferible
que abandonase los estereotipos tropicales y se
adentrara personalmente en el conocimiento del
principal aliado que han tenido los Estados Unidos en
el hemisferio.

Podrá pensar, como Palmerston, que no hay aliados
permanentes, pero ya que se precia de ser un auténtico
cosmopolita, mucho bien le haría a la política
exterior de su país que sopesara con cuidado lo que
Colombia significa en su tablero de seguridad y
defensa.

Aunque sin tanta dosis de ingenuidad, algo parecido
sucede con la senadora Hillary Clinton.  Amantísima
esposa, ella ha sabido honrar la amistad que el ex
presidente sostiene de vieja data con la Casa de
Nariño.

Pero maniatada por los sindicatos que tanta injerencia
tienen en la vida cotidiana de su Partido, ella no se
ha atrevido a ponerle límites al anticolombianismo que
anida en algunos sectores del radicalismo liberal.

En otras palabras, abundan las razones para tomar
distancia de la postura Demócrata sobre la relación
con Colombia.  A diferencia de lo que sucedía hace
doce años, cuando era apenas natural que el
distanciamiento se diera, los vaivenes Demócratas
ponen hoy en entredicho una relación que ha sido
fructífera y respetuosa.

Las cosas aún podrían cambiar.  Nunca se sabe.  Pero,
por lo pronto, la respuesta es una sola : ni Hillary,
ni Obama.   +++



¿Sucesión o Relevo?
Mayo 11, 2008, 12:54 pm
Archivado en: En la actualidad, Relaciones Internacionales

¿Sucesión o relevo?

Andrés MOLANO-ROJAS
12 de mayo de 2008

La posesión de Dmitri Medvedev como presidente de Rusia despierta un sinnúmero de incertidumbres y expectativas.  ¿Se resignará a ser simplemente una marioneta o un clon de su mentor, ahora convertido en primer ministro, Vladimir Putin?  O sabrá preservar su legado (la estabilización y el mayor crecimiento económico, la pacificación de Chechenia, y sobre todo, el haber devuelto a su país un lugar propio y protagónico en la política mundial luego de la “hibernación” yeltsiniana), introduciendo sin embargo las reformas, paradójicamente liberalizantes, requeridas para consolidar lo que en Rusia se conoce como el “Plan Putin” de modernización?

En otras palabras:  ¿habrá relevo o simplemente sucesión?  La sombra tutelar de Putin planeará todavía un largo rato en el cielo moscovita, pero está por verse qué tanto opacará el deseo de Medvedev de brillar con luz propia y sentar las bases de un liderazgo que, dada su edad, tiene todavía mucho tiempo a su disposición.  Como sea, los años de Medvedev serán cualquier cosa, menos una simple continuación del pasado o una estación de tránsito.  Putin ha podido reforzar, apenas unos días antes de abandonar el cargo de presidente, los poderes de la oficina del primer ministro; pero el régimen constitucional ruso es fundamentalmente presidencial.  Eso lo sabe Medvedev, y sin duda lo aprovechará hábilmente, sin prisas ni afanes, sino con flexibilidad y pragmatismo.

Dos palabras, flexibilidad y pragmatismo, que describen muy bien el pasado del nuevo inquilino del Kremlin.  Y que definirán también, sin duda alguna, su recién inaugurado futuro.  +++



Se quedó con el bolígrafo
Mayo 9, 2008, 12:19 pm
Archivado en: En la actualidad

Una pregunta esta de moda entre unos de los hyperpresidentes del mundo: ¿Cómo quedarme en el poder sin violar la Constitución de mi país, que no permite la doble reelección del presidente?

A esta pregunta, Vladimir Putin encontró una respuesta. Se hizo nombrar por el parlamento ruso al puesto de Primer Ministro de Rusia. La votación pasó sin sorpresa, el pasado 8 de mayo; Putin era el único candidato. El ex-presidente, ahora jefe del gobierno, “tendrá un papel muy importante”, como lo confeso su delfín, títere y sucesor en la presidencia de Rusia, Dimitri Medvedev. “Nuestra colaboración se reforzará”, añadió.

Lo que, al parecer, se olvidaron, es que la misma Constitución le da claramente el poder al jefe del Estado, y no del gobierno. El presidente es el que determina la política exterior, que manda en los ministerios del ejercito y del interior, que nombra gobernadores y el presidente de la corte constitucional y, last but not least, puede destituir al primer ministro y la cámara.

Antes de dejar la presidencia, Putin ya operó a un traslado progresivo de los poderes presidenciales hacia el gobierno. El firmó dos decretos que pusieron las autoridades regionales debajo del mando del gobierno. De ahora en adelante, es el gobierno – y su jefe, el primer ministro – y no el presidente, quien se encargará de supervisar y evaluar los gobernadores y los alcaldes.

Se prevé entonces que, poco a poco, se desbaratará la Constitución para atribuir siempre más poderes al Primer Ministro, el presidente quedándose, al fin, como la Reina de Inglaterra. Todos saben quien mandará en el tandem a la cabeza de Rusia. Hasta los mismos rusos, usualmente poco clarividentes al respecto de su política interior, no lo dudan. Según una encuesta de opinión, el 60% de los rusos piensan que el primer ministro será el que controlará al presidente…

El día de la entrega de poderes, Vladimir Putin si le paso a Dimitri Medvedev “la ficha presidencial”, una medalla, encarnación del poder, que representa el águila bicéfala y la cruz ortodoxa. Pero ese día, se quedo con el bolígrafo, que había recibido de su predecesor, Boris Eltsine, en 2000. Es con éste bolí que se firman los documentos importantes en Rusia.

Charlotte de Beauvoir



Con eso no basta, comandante.
Mayo 5, 2008, 7:47 pm
Archivado en: Relaciones Internacionales

VICENTE TORRIJOS R.

Haciendo gala de su enmascaramiento retórico, el
presidente Chávez anda ahora dedicado a la mesura, la
serenidad y el reposo revolucionario.

El otro día, por ejemplo, les hizo un llamado a las
Farc para que liberaran a los secuestrados porque “si
él fuera guerrilla, no tendría necesidad de tener (en
esas condiciones) a una mujer o a un hombre que no
fuese soldado”.

Poniéndole más ingredientes a semejante derroche de
buen juicio y equilibrio personal, Chávez ha dicho que
“perdió todo contacto con las Farc y que sólo podrá
ser mediador si el presidente Uribe se lo pide pues no
quiere entrometerse en los asuntos internos de
Colombia”.

Pero si se mira con cuidado, en el fondo lo que Chávez
está haciendo, vestido de seda, no es más que seguir
exaltando a las Farc como auténtico sujeto político
dotado de personalidad internacional y poseedor de las
cartas de la paz perdurable en Colombia.

Asimismo, él advierte que ya no se comunica con el
Secretariado debido a la muerte del guerrillero
heroico, pero, curiosamente, el reemplazo de Reyes,
Iván Márquez, aparece diciendo que el intercambio
humanitario sólo puede darse con la presencia activa
de Hugo Chávez.

Con lo cual, queda absolutamente claro que están
coordinando las maniobras para que, presas de la
ingenuidad, los funcionarios franceses empiecen a
presionar al presidente Uribe para que le devuelva el
estrellato mediático al líder de la Coordinadora
Continental Bolivariana y ceda de una vez por todas en
el despeje de Pradera y Florida.

Pero eso no es suficiente.  Si el presidente Chávez
quisiera, realmente, modificar su conducta, primero
tendría que alinear las fuerzas del Alba-Militar (la
alianza entre Ecuador, Venezuela, Nicaragua y
Dominica) en la lucha colombiana contra el terrorismo.

Segundo, tendría que cooperar desinteresadamente con
los franceses en la gestión humanitaria, sin convertir
a su revolución en la tramitadora de liberaciones
políticamente calculadas.

Y por último, tendría que retractarse de haberles
reconocido a las Farc la condición de beligerantes
porque, definitivamente, con apariencias, incienso y
goticas de valeriana no basta, Comandante.