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Metáfora y concepto. Las letras y el lenguaje científico y filosófico.
Abril 9, 2008, 1:18 pm
Archivado en: Notas académicas

Metáfora y concepto. Las letras y el lenguaje científico y filosófico.

 

Enver Joel Torregroza Lara

Profesor Facultades de Ciencia Política y Gobierno y de Relaciones Internacionales.

Universidad del Rosario

 

Es usual en occidente creer que el lenguaje propio de la ciencia y la filosofía no admite ni debe permitir el uso de metáforas. En la forma como tradicionalmente se ha concebido la metáfora, ésta no es otra cosa que una desviación o degeneración de las formas propias y literales de hablar que serían ideales para la formulación del conocimiento científico y para la reflexión filosófica. Se asume también que detrás de cada metáfora está un concepto y que si es posible hacer la traducción de cualquier fórmula metafórica a una expresión conceptual literal se habrá ganado en claridad y en precisión. La metáfora y el lenguaje poético o literario se los asume como formas retorcidas de expresión que sólo son admisibles en la medida en que quede siempre claro que hacen parte del terreno del juego, de aquello que no es serio y sólo se dice en broma.

 

Algunos filósofos contemporáneos han tomado distancia de esta forma habitual de considerar el lugar de las letras en relación con el conocimiento. En el ensayo “Mitología blanca”, Jacques Derrida presenta la aporía que subyace a la relación entre metáfora y concepto, mostrando cómo las fronteras entre el lenguaje metafórico y el lenguaje conceptual son borrosas, no sólo porque existe un comercio continuo entre esos dos “terrenos” del lenguaje supuestamente distintos y porque en la práctica del lenguaje sea difícil saber cuándo hablamos conceptualmente (científica y filosóficamente) y cuándo metafóricamente (poética o literariamente), sino sobre todo y ante todo porque la distinción entre metáfora y concepto es a la vez conceptual y metafórica. (La mejor crítica a esta idea formulada en “Mitología blanca” se encuentra en el libro La metáfora viva de Paul Ricoeur.)

 

Es claro que desde la filosofía y las ciencias se ha establecido continuamente la frontera entre formas de hablar “apropiadas” y formas de hablar “derivadas”. Esto significa, en primera instancia, que la distinción se la presenta como una distinción conceptual y no metafórica. Sin embargo, detrás de cada concepto podemos descubrir una metáfora olvidada y, en ese sentido, no existe una prioridad esencial, ni histórica ni lógica (o trascendental, como decimos los filósofos) del concepto con respecto a la metáfora, a no ser que esta prioridad se la defienda recurriendo a la borradura continua del origen del concepto, lo que en efecto ha sucedido. En tercer lugar, como recuerda G. Bennigton en su libro “Jacques Derrida”, no basta tampoco con decir que todo el lenguaje conceptual proviene del olvido o la reducción y simplificación de metáforas originarias. Es muy fácil para las ciencias sociales que buscan en ocasiones apropiarse de ciertos momentos del gesto reconstructor (para adaptarse a fáciles modas postmodernas), decir y denunciar la dependencia de lo conceptual, lógico, científico y filosófico de lo poético, lo literario y lo coloquial. Aún en este terreno operamos con un cierto concepto de metáfora que si se le observa con atención se devora a sí mismo. El concepto de metáfora es también la metáfora de todo concepto.

 

La filosofía de Derrida es importante en una reflexión sobre la naturaleza del lenguaje científico y filosófico justamente por señalar el lugar aporético en el que ese lenguaje se define, insistiendo en la imposibilidad esencial de que se resuelvan (en una Aufhebung hegeliana) las contradicciones y paradojas que alimentan y alientan las distinciones conceptuales que nos parecen más claras y precisas. Además, nos recuerda que la literatura, más que una mera categoría admirable por razones etéreas, no es simplemente el lugar de la desviación y del juego; en la ciencia y la filosofía también hay letras y en las letras también hay ciencia y filosofía. Por su carácter idiomático e idiosincrático, por su continuo responder a una lengua y a una historia, las letras también son lugar de precisión y exactitud. La generalidad teórica, la jerga técnica, la elaboración literaria de las ciencias que en sus textos articulan y desarticulan el mundo social o el universo natural, no necesariamente satisfacen todas las serias pretensiones de sus elaborados edificios epistemológicos, todos lo sabemos; pero cuando lo logran es justamente porque, después de todo, son también el lugar de la broma, el juego y de, por qué no, la mera diversión, que es más seria de lo que parece.


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